UN SALVAVIDAS PARA LA ANOMIA DE LA SOCIEDAD

Un salvavidas para la anomia de la sociedad

El nuevo Código de Convivencia de la Ciudad de Mendoza reaviva la discusión sobre el uso y abuso del espacio público. A los músicos y artistas callejeros se les suman ahora nuevos grupos disidentes que perciben la norma como una amenaza para sus actividades.

La disputa por el espacio público

Teóricamente, el espacio público es ese espacio que es de todos y a la vez no es de nadie. Como tal, nadie se lo puede apropiar en nombre de un interés particular que vaya en detrimento de los intereses de otras personas o grupos.

A su vez, los municipios son los responsables de elaborar las normativas y llevar adelante las políticas para la preservación y la mejora de esos espacios públicos, para esto fueron elegidos democráticamente.

Por supuesto, la realidad muestra elocuentemente que estos espacios comunes están sumamente apropiados por una gran diversidad de actores sociales que en nombre de sus libertades personales se arrojan una serie de derechos asumiendo ninguna o escasas responsabilidades que a menudo coartan las libertades y derechos de otros grupos.

En este escenario de conflicto con un espacio público disputado es que aparece el rol del municipio para tratar de reglamentar los usos que demanda la ciudadanía o las empresas, a fin de evitar que los intereses de determinado grupo no se impongan por encima de los de otros.

Se suma además, un nuevo concepto para nuestra cultura que es el del ordenamiento territorial, el de usos de suelo o zonificación, conceptos macro que también se aplican en menor escala, con la finalidad de darle a cada zona su impronta alentando a determinadas actividades, limitando y prohibiendo otras precisamente para evitar ese conflicto de intereses. Se asume como tal que venimos de un desordenamiento donde han primado los intereses privados por sobre los públicos, realidad que intenta cambiarse con el ordenamiento como política de estado. El desafío de poner orden sobre el caos.

Frente a esta situación, es normal, comprensible y necesaria una normativa que regule sobre los diferentes usos del espacio público, como el reformado Código de Convivencia que impulsa el municipio de la Ciudad de Mendoza, el cual estaba sumamente atrasado en el tiempo y se caía de madura su necesidad de reformulación.

Entre libertades, derechos y responsabilidades

Hay que partir de la base de que cada uno de los grupos y actividades sobre los cuales se plantea la reglamentación es un grupo y una actividad legitimada por el tiempo y la cantidad de adhesores que llevan adelante dichas prácticas. Por lo cual, no se trata de “rajarlos a la mierda” como dicen algunas voces de las protestas emocionales y reaccionarias como las expresiones mayoritariamente juveniles que rechazan de cuajo este intento de ordenamiento, intento que al menos está en que cada uno de estos grupos pueda llevar adelante sus actividades sin por ello tener que tomarse libertades por sobre el resto de la ciudadanía, o al menos minimizando ese impacto, ese conflicto social. No si esto en la práctica se cumpla, el tiempo lo dirá, pero a esto debería apuntar un código de convivencia municipal.

Lo que me parece crítico discutir a raíz de dicho código, es justamente el concepto de libertad que se arrojan los grupos cuestionados y limitados por esta reglamentación. Todos hablan de libertades y derechos, pero ninguno de responsabilidades en primera persona.

  • Los músicos callejeros pretenden tocar en cualquier lugar y cualquier hora. Se ha aceptado socialmente en Mendoza por ejemplo que no se puede escuchar música arriba del colectivo sin auriculares, por mas común que algunos se resistan ante la ausencia de controles, la normativa está y responde nuestros tiempos actuales, que no son los de antes. Sin embargo, los músicos callejeros se atribuyen el derecho de que todos sin excepción los escuchen “porque están trabajando”. Hay una gran cantidad de músicos, independientes como ellos, que hacen de todo para ganarse la atención de la gente para que escuchen su música y poder laburar de ello: graban canciones y discos, gestionan lugares para tocar, se movilizan activamente en el cyberespacio, promocionan lo que hacen con fotos, videos, etc. Al fin y al cabo, te dan la oportunidad de escucharlos, o no, esto es libertad para elegir, sin imposiciones. Y para quienes elijen la música y demás expresiones de arte callejero, tanto los artistas como su audiencia, precisan de un lugar para tocar y horarios, está claro, pero es demasiado pedir que deban gestionar un permiso para realizar su práctica? No creo. Cada uno en su casa hace lo que quiere (según las normas de convivencia que se hayan acordado en caso de compañía), en la casa de los otros, se pide permiso.

  • Los skaters, rollers y practicantes de bmx son un caso particular pues los espacios de la ciudad que han ocupado lo han hecho en falta de tener uno propio. La rampa para skates construida hace unos años atrás en el Parque O’Higgins dejó un mal recuerdo, pues el área no estaba preparada para recibir a la cantidad de chicos jóvenes y muy jóvenes que iban a practicar su deporte allí. De ahí que continuaran en la Plaza San Martín, y pasaran a ocupar y demoler la Plaza España, una de las más bonitas del pleno centro de Mendoza, generando un gasto público considerable para restaurar esos espacios dañados. Se está construyendo para ellos un skate park como lo hicieran los municipios de Rivadavia o Godoy Cruz, con un espacio en las inmediaciones del Parque Central que merece su evaluación.

  • Por último, se ha instaurado en nuestro país la cultura del quilombo casi como la única forma de protesta. Reconocido el derecho a esta para llamar la atención en aras de una causa en particular, nuevamente ¿puede darse este derecho en base a la pérdida de la libertad de los demás a tal punto de que su adhesión o éxito se de a la par de esta? Cada vez que esto sucede, el caos y el malestar se esparcen por la sociedad como un virus. Considero que hay que buscar otras formas de manifestarse sin perjudicar a los demás sectores de la sociedad que nada tienen normalmente que ver en el conflicto en pugna o el llamado de atención.

Construir civismo

Las situaciones descriptas son prueba de que las libertades para un grupo pueden ser el libertinaje ante la ausencia de responsabilidades para llevarlas a cabo de la mejor manera frente a la percepción del resto u otros sectores de la sociedad. Para que cada uno pueda encontrar su lugar en el espacio urbano, es necesario salir de la visión egóica, la visión de gueto, y pensar en términos sociales. Es decir, del “yo y los míos” al “todos”. Es necesario comprender que no hay libertad posible sin responsabilidad, pretender lo contrario es un evidente signo de inmadurez social, rasgos propios de una “sociedad que no quiere crecer”, parafraseando el título del recomendadísimo libro de un gran analista de la cultura argentina como lo es Sergio Sinay.

Y la mejor forma de asegurarse buenas políticas es comprometiéndose políticamente. Escribo esto último mas como activista que como pensador. Al Estado hay que acompañarlo con buenas ideas y una actitud positiva y transformadora de las realidades que necesitan un cambio. Es de una ingenuidad que linda con la estupidez reclamar participación política de la ciudadanía y consensos sociales recién ante el conflicto consumado. Para que la política sea participativa hace falta la participación de la ciudadanía, y esta sociedad está anémica de participación política ciudadana. Para esto es vital salir de la generalizada visión lamentablemente negativa de la política que no hace mas que quejarse, y comprometerse con esos cambios que queremos ver en este, nuestro pedacito de mundo. Esto es algo tan importante para el funcionamiento de la sociedad que no se puede dejar exclusivamente en manos de los gobiernos. Se trata, al fin y al cabo de construir civismo.

Foto gentileza de Franco Perosa Fotografía

Originalmente publicada en Medium

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